La historia de Rubén y Sebastián Mignani.

Por Lucas Leiva @lucassleiva
Foto Santa Fe Basket


Cuando las raíces son los mismas, los caminos suelen tomar rumbos similares. En La Liga hay varios casos de estos. Está en la sangre, en los genes, en ese legado que uno, el padre, triunfante y con un recorrido ejemplar, le deja a su hijo, que toma la mochila y cargado de sueños va en busca de su propia historia. Hará el camino a su manera, de su forma, con su estilo, lo escribirá con su propia pluma, pero siempre es una valiosa guía tener como padre a un gran ejemplo.

En este sentido #HijosDeLiga relatará la historia de los Mignani.

Por un lado, tenemos a Rubén Eneo, el padre. El Caña fue uno de esos jugadores recordados por ser un distinto, con una calidad y unas condiciones bárbaras a la hora de jugar. Un alero de 2 metros que en su época fue un impulsor de cómo los grandes debían aprender a jugar más lejos del aro, que desde su llegada a Sport Club fue un precursor, con una calidad y unas capacidades técnicas brillantes. Uno de esos jugadores inolvidables, que fue testigo del proceso de transformación y creación de los #35AñosDeLiga, viviendo una época de cambios sustanciales en la historia del básquet y siendo protagonista de ese mismo proceso.

El Caña surgió de su Elortondo natal (Club Atlético Elortondo, gloria en su cuna) y realizó un recorrido ejemplar. Si fue uno de los máximos referentes en un histórico como Sport Club de Cañada de Gómez, también dejó huellas muy grandes en sus pasos por Peñarol de Mar del Plata, River Plate, Independiente de Neuquén, Deportivo Madryn, Siderca de Campana, Estudiantes de Olavarría, Rafaela, San Jorge y Pueblo Nuevo.

Desde la creación de la Liga disputó 6 temporadas en la LNB (dos en Sport Club, tres en Peñarol y una en Independiente de Neuquén), con 190 partidos y 13,5 puntos de promedio. Además, jugó otras 4 temporadas en el TNA (una en Siderca, otra más en Deportivo Madryn y dos en Estudiantes de Olavarría). Jugó hasta casi los 50 años intacto, dueño de un juego exquisito.

Del otro lado tenemos a Sebastián, el hijo. El Cañita es un jugador con una capacidad notoria de juego, desequilibrante, un escolta con una gran capacidad anotadora que ha dejado su sello a través de los varios equipos que le tocó defender en sus años de carrera. Buen talento, que más allá de los contratiempos de lesiones que tuvo en estos últimos años, sin duda en el mejor momento de su carrera, ha mostrado una tremenda superación y siempre se presta para dar batalla, siguiendo esta pasión que es su vida.

Si bien viene de hacer una experiencia enriquecedora por Islandia en la última temporada, el Cañita, que comenzó a formarse en su querido Sport Club de Cañada de Gómez, debutó en la categoría jugando para San Martín de Marcos Juárez en la 2010/11 del TNA. Posteriormente pasó por Sportivo Las Parejas, San Isidro de San Francisco e Hispano Americano de Ríos Gallegos, con quien ascendió a la Liga Nacional en el 2016. Tuvo su salto a la A con el club austral, aunque una lesión le impidió tener continuidad. Volvió a la segunda categoría para jugar en Platense (17/18), y luego en Depo Viedma (18/19), ambas interrumpidas por dos duras lesiones, pero esta última demostró estar totalmente recuperado en su incursión por la liga nórdica.

EL CAÑA, UN DISTINTO Y ADELANTADO DE LA ÉPOCA

Rubén es uno de esos jugadores emblemáticos de la historia grande de la Liga Nacional. Vivió la época de los vientos de cambios, desde incluso antes la gestación de la LNB. Desde que Elortondo y hoy ya radicado en Olavarría, donde encontró su nuevo hogar y echó raíces, el Caña tiene muchísimos años de básquet encima y es un gran conocedor de todo lo que pasó a través del tiempo. Recuerda un poco lo que significó su vida, lo que fue aquel inicio en Sport Club, a casi 150 kilómetros de donde nació, y cómo su llegada a Cañada de Gómez guió su rumbo para hacer la prestigiosa carrera que de vez en cuando rememora en alguna juntada con su gente.

«Alguna que otra vez voy un poco a ese pasado, en algún asado con amigos más que nada. Esos comienzos de Liga los charlo más en Cañada de Gómez, fuimos como los ‘pioneros’, porque Sport jugó el Confraternidad, pre Liga y Liga Nacional, y yo viví todos esos procesos. Viviendo cambio de épocas, de soñarlo hasta jugar la Liga Nacional».

A su vez, recuerda también un poco cómo fue esa transición de ser, en aquel entonces, un alero atípico para la época. Con su altura, en aquel entonces era mucho más tradicional que para un básquet más reducido fuese una fija cerca del aro, sin embargo, explica que el recordado Camilo Varni lo corrió y lo puso como alero, para que aprenda a jugar más lejos del cesto y tenga otros recursos. Un visionario, que luego se siguió puliendo de la mano de un tal León Najnudel.

«Todo eso se lo debo mucho a una persona, porque mi paso de Elortondo a Sport de Cañada se da gracias a Camilo Varni, el técnico en ese momento de Sport. Un fanático, un visionario del básquet. Cuando llego a Cañada era el único de 2 metros en la ciudad, y me pone a jugar de tres… imaginate la gente, querían un basquetbolista alto para jugar abajo del aro y me ponía a jugar de frente (risas). Y me salvó la vida, porque realmente después con el paso de la Liga, con todo lo que creció y progresó, y con la contextura física de los chicos, me ayudó a jugar de frente y a jugar otro básquet, más vistoso, más lindo, hacer lo que a mí tanto me gustaba que era correr la cancha. Eso se lo debo a Camilo, un adelantado, para mí en ese momento había gente visionaria que luchaba por algo más adelante y no el básquet local o provincial. La aparición de la Liga Nacional fue algo muy grande para todos».

«Después vino todo lo que vino, la Liga Nacional, todo esto lindo que tenemos. Puedo contar cosas de haber sido uno de esos ‘fundadores’, que en realidad tuvimos la casualidad de estar en ese momento donde se dieron cosas importantes en el básquet. Hemos pasado mucho también porque cuando empezó a nacer la Liga era todo nuevo, no se sabía que iba a llegar lo que es hoy o se terminaba ahí nomás. Y Sport fue un club que apostó mucho, muchísimo a la Liga, tal es así que primero trae a Varni, luego a Yoyo Cavallero y luego a León (Najnudel), así que fue un club que aportó mucho a la Liga Nacional. En ese momento se hablaba solamente de básquet en Cañada, no había otra conversación. La verdad es que las épocas de principio de Liga y mías muy lindas e inolvidables, las traigo a la mente y se me pone la piel de gallina porque me retraigo a muchos años atrás».

El Caña en Sport Club 1985, en la primera Liga Nacional (foto: Eduardo Terrádez)

Sebastián por su parte se deshace de elogios hacia papá. Si bien no lo recuerda en su toda su dimensión porque era muy chico para entonces (cuando nació, en 1990, Rubén ya estaba jugando su penúltimo año en Liga Nacional), siempre tiene recursos para detenerse a ver y admirar los dotes de su padre. Lo tiene como ídolo, como una referencia, y eso hace que recurra tanto a los videocasetes con partidos grabados, como así también a la búsqueda por internet de algún material.

«Cuando nací mi viejo tenía veintipico de años. Cuando logré tomar un poco de dimensión, conciencia y era un poco más grande, con 10 o 12 años, ya mi viejo estaba jugando de 4 y hasta después terminó jugando de 5. Pero la realidad es que lo reclutaron en Sport le dijeron que iba a jugar de alero porque así iba a llegar más lejos. Visionarios. Mi viejo jugaba de 3, de 2, y hasta en algún momento habrá jugado de base. Lo vi ya de grande, y lo poco que veía era una cosa de locos, porque ya decir que jugó hasta los 50 años con lo que significa jugar hasta esa edad. Dejó jugar y a los 49 lo llamaron de Olavarría para jugar unos playoffs en Pueblo Nuevo, fue, jugó esos playoffs, lo jugaba trotando y era el mejor de la cancha. Un tipo inteligente, al día de hoy salvo Sandes no vi otro jugador en ese puesto que la pase como mi viejo. Y no lo digo porque sea mi viejo, sino porque la gente misma también me dice que el tiro de dos de mi viejo era asesino, de eso soy consciente y testigo, porque cada que lo voy a ver nos vamos a tirar al aro y no erra… de 4 o 5 metros no erra, y no le puedo ganar. Y tiene 54 años, no erra, es increíble».

«La gente me habló y me habla hasta el día de hoy maravillas de mi viejo. Uno de los primeros tipos que iba de aro a aro picándola y la enterraba hasta los dientes cuando nadie la volcaba, un tiro asesino de dos… Obviamente que siempre me dio curiosidad, pero siempre tuve mis trucos, mis VHS con los partidos que se guardaban, y no se guardaban los buscaba de alguna manera. Ahora es más fácil con Youtube y otras cosas, pero yo acá en mi casa tengo un montón de casetes de mi viejo que cuando puedo me los pongo a ver. He subido fotos o videos en Instagram o Twitter de mi viejo jugando, y recuerdo una final en Villa Ángela jugando para Peñarol donde ascendieron a la Liga y se quedaron, como hasta el día de hoy. Mi viejo había clavado 34 o 35 puntos, había sido la figura del ascenso y tiraba. Una locura. Cuando yo me pongo a ver esos videos de un tipo de 2 metros y ver cómo jugaba, no dejo de sorprenderme».

«Me enorgullezco y siempre hablo maravillas de mi viejo porque es y será mi ídolo. Primero por ser mi viejo obviamente, pero después también porque no he visto muchos jugadores nacionales por encima de su nivel. Me paso viendo videos suyos. Obviamente que hay muchos jugadores con condiciones, innegable eso, pero la coordinación que tenía, su inteligencia, la forma de pasar la pelota, el tiro asesino que tenía… son cosas que me llenan de orgullo. Y me pasa incluso cuando hay gente que ni me conoce, pero viene a hablarme de mi viejo como si fuese Jordan (risas), uno de los pocos tipos grandes picaba bien la pelota en esa época. Me quedo sin palabras hablando de mi viejo».

LA INFANCIA DE SEBA

Sebastián tuvo una notoria herencia de papá, desarrollándose dentro de un ambiente con muchísimos estímulos hacia una pelota de básquet. Claramente esa pasión se transmitió, y dentro de ese contexto el Cañita fue inclinándose cada vez más hacia a seguir una carrera en esto. Armando los bolsos, pasando por diversos lugares en los cuales jugó Rubén, ese bichito finalmente empezó a dar frutos en Olavarría. Seba ya venía haciendo de las suyas picando la pelota, pero fue con papá en Estudiantes cuando comenzó a darle un marco más decidido al básquet. Así lo recuerda, antes de radicarse en Cañada de Gómez.

«Prácticamente nací con una pelota al lado, eso es verdad. A mí me dieron el chupete y la pelota, en vez de una mamadera me dieron una pelota (risas). Nací en Mar del Plata cuando mi viejo estaba en Peñarol pero de ahí no me acuerdo casi nada porque era muy chiquito. Los primeros recuerdos que se me vienen a la cabeza son en Estudiantes de Olavarría, cuando mi viejo estaba ahí. Tenía 4 o 5 años, no recuerdo exactamente, pero más o menos por ahí. Si no me equivoco ahí fue que empecé a jugar, no sé si era escuelita o mosquitos. Son mis primeros recuerdos en una cancha y con una pelota de básquet, ya con amiguitos, compañeros, en esa categoría. No era liga, sino esos torneos que se hacían de un domingo al mes de mini básquet, un encuentro, donde se juntaban un par de clubes y jugaban».

«Tenía un poco más de noción de las cosas en Olavarría, antes que había estado en Mar del Plata, después fuimos creo a Buenos Aires cuando mi viejo estaba en River, después Madryn que el único recuerdo que tengo es haberle ir a dado de comer a los pingüinos y nada más (risas), Neuquén. Toda esa etapa en Olavarría la recuerdo más sí porque ahí ya fui tomando un poco más de noción de las cosas. Después obviamente fui creciendo y me acuerdo cosas más claras. Ya más de grande me vine a Sport e hice todas las inferiores acá».

Rubén en tanto recuerda cómo era aquella faceta de su hijo mucho más joven, esa parte que Sebastián no recuerda y en esos inicios siendo tan pequeño pero hasta inconscientemente estar picando una pelota de básquet. Seba es el hermano del medio de la familia Mignani, donde también sumamos a Agostina, la hermana mayor, y a Antonela, la menor de la familia.

En todos lados, a cualquier lugar donde iba siempre estaba el básquet acompañando a Seba, desde los 3 años aproximadamente, y con los Mignani trasladándose de Campana a Madryn y de Madryn a Olavarría en ese entonces. En esos años y según cuenta Rubén, la pasión de Seba alguna que otra vez trajo algún cómico inconveniente con los vecinos.

«Tengo tres hijos maravillosos, dos hijas como Antonela y Agostina y un varón como Seba. Y Seba me traía problemas, donde fuésemos a jugar siempre era un problema, porque a los 3 años ya picaba la pelota y eso traía problemas en los departamentos y en todos lados, porque vivía picando la pelota (risas). Debuta en una cancha de básquet acá en Estudiantes, en la escuelita y haciéndolo participar de esos Encuentros. Ya jugaba. Y después en ese día a día, adonde íbamos, era un poco la sensación de los equipos, porque era el más chiquitito, el más metido, el que vivía prácticamente al lado mío. Lo mamó de chiquito».

LAS ENSEÑANZAS DEL CAÑA Y LAS ANÉCDOTAS

Verano entrenando juntos en Sport Club, la segunda casa de ambos (foto: Carlos Terrádez / Santa Fe Basket)

Tener como espejo a papá sin dudas es una imagen bastante común en los chicos. Surge desde esa admiración, desde la emoción que un chico tiene al ver a ese gran héroe haciendo sus actividades. Cualquiera que fuese, a veces no va tanto por el lado de qué hace sino de quién lo hace. Y con la pasión por el básquet ya siendo algo innato en la sangre de ambos, Rubén explica cómo se desenvolvió siempre hacia su hijo respecto a los consejos y las correcciones que le pueden servir de guía.

«Nunca hubo presión de mi parte. Quizá sí fui crítico, objetivamente hablando, pero sin hacer presión de que tenga que seguir esto por un mandato. Lo dejé hacer su juego siempre. Algunas veces sí nos hemos puesto a hablar de cuestiones más extrabasquetbolísticas, de dirigencias, de todo lo que uno ha vivido durante tantos años, pero como consejos y para que tome precauciones. Pero bueno, entre los dos siempre estuvo claro eso de que ‘Te tiene que tocar para aprenderlo’. Y eso es un hecho consumado, no se habla más, las cosas las tiene que manejar a su manera y está bueno que así sea».

«Miedo de que le pasen cosas como todo padre seguro. Las generaciones también cambiaron y quizá los chicos son hasta más introvertidos ahora, y uno como es este ambiente. Pero a su vez también creo que uno a veces por querer cuidarlo termina no jugando a nada y no disfrutándolo, por eso en ese sentido siempre fui de dejarlo libre, porque Seba se ha sabido y sabe arreglar solo, y en todo este camino, por su carácter también, se preparó siempre para defenderse».

«Obviamente lo veo solo como mi hijo y quiero que le vaya bien en todo. Si hasta se quiere tomar vacaciones que lo haga, a la vida creo que hay que disfrutarla y quiero que Seba sea feliz. Las cosas hay que hacerlas a la edad que corresponde, no dejar de jugar y trabajar, ni tampoco vivir de joda, pero tiene que tener su tiempo para todo. No me gustaría que sea esclavo del deporte o de su trabajo, y que quiera hacer cuando termine a los 40 lo que tiene que hacer a los 25-30. Eso lo charlamos muchas veces. Hay que ver el presente y disfrutarlo acorde a la edad que uno tiene, yo soy de esa filosofía. Yo no puedo hacer a los 58 lo que no hice a los 20. Lo hablamos mucho, y siento que es un poco la orientación y el consejo que uno le puede dar como padre. En mi vida particular he manejado bastante eso porque he jugado tantos años, que siempre terminé jugando con chicos más jóvenes mientras me hacía más grande jugando».

Sebastián en tanto trae a la memoria una serie de anécdotas con su papá, las cuales denotan un poco cómo era esa relación de tres: padre, hijo y básquet. Tal vez de muy chico la atención no estaba tan abocada a los partidos de Rubén, obviamente, se dedicaba más a jugar con los chicos de su edad, aunque a medida que fue creciendo le fue agarrando más y más gusto a todo el mundo básquet, aprovechando cada oportunidad que podía a hacerse alguna escapada para tener aventuras con papá, o en verano inclusive, en las vacaciones del colegio cuando convivían más tiempo juntos.

«Los partidos ni los veía (risas), me iba a jugar con mis amiguitos ahí abajo de las tribunas de la cancha de Estudiantes. Hinchábamos todo el partido, ni siquiera me quedaba a mirarlo a mi papá. Un poco más de grande sí obviamente empecé a verlo, pero a esa edad era todo corretear abajo de las tribunas y jugar a la mancha, al fútbol, al básquet, a los aritos que estaban al costado. Lo que sea todo menos ver el partido (risas). Una vez que se separaron mis viejos obviamente mi papá siguió su rumbo basquetbolístico viviendo en otras ciudades, y yo me quedé en Cañada con mi vieja. Entonces cuando tenía vacaciones del colegio en verano por ahí, me iba a visitarlo a mi viejo y compartíamos un montón de cosas».

«A mi viejo lo seguía a cada lugar al que íbamos. En Rafaela, San Jorge, Elortondo, eso ya más de grande con mi viejo jugando Liga B. Cuando estábamos de vacaciones del colegio en la primaria, me iba, pasaba 1 o 2 meses con mi viejo y me iba a todas esas canchas siguiéndolo. De más grande, cuando ya jugaba para Sport, en los ratos que tenía libre me iba a entrenar con mi viejo. Cuando él entrenaba yo me quedaba en los aros del costado, me daba dos o tres ejercicios de fundamento. Recuerdo tener 6 o 7 años y que mi viejo me mandaba a hacer bandejas con la mano izquierda todo el tiempo. Constantemente, porque decía que bandeja con la derecha ya sabía hacer, entonces me pulía esas cosas que por ahí no tenía y los fundamentos básicos que tiene que tener un jugador. Cancha de San Jorge me acuerdo muy claro, hacía mil bandejas con la izquierda por día, y todo coordinación. Una vez que ya crecí un poco, a los 15-16, me empezó con el tirito corto de allá y el tirito corto de acá… que eso no lo usa nadie, que eso me iba a dar de comer… y así».

«Recuerdo que a los 12 años más o menos, con mi viejo jugando Liga B a los treinta y largos, a veces jugaban los equipos con mi papá y de pasada iban por Cañada para ir a jugar una fecha a otro lado, de visitante. Entonces mi viejo me avisaba, me levantaban con la traffic y viajaba con él y con todo el equipo (risas). Y a la vuelta me dejaban acá en Cañada, me bajaba en la ruta, me tomaba un taxi y me iba para casa. Todo para irme a ver a jugar a mi viejo, para verlo un ratito. Eso me acuerdo siempre. De hecho también me acuerdo que una vez viajé con unos árbitros que eran de acá de Cañada o de la zona, que dirigían en ese partido a mi viejo y me llevaron ida y vuelta en el auto de ellos. Son recuerdos muy lindos que tengo».

LA DECISIÓN DE SER JUGADOR PROFESIONAL

El Cañita festejando el campeonato y ascenso de Hispano a la Liga Nacional, en 2016 (foto: Prensa Hispano Americano)

Que un hijo decida seguir los pasos de su padre es algo que comúnmente puede darse. Obviamente esto tiene una mayor incidencia y probabilidad si estamos hablando del deporte, por lo que siembra y genera, por ser un estilo de vida sano, que, por supuesto requiere mucho trabajo y esfuerzo para llegar a destacarse, pero a su vez resulta muy disfrutable desde la pasión y las gratas sensaciones que entrega.

En este sentido, Sebastián recuerda cómo fue el momento en el que definitivamente decidió lanzarse al profesionalismo, en esa búsqueda de llegar a ser un jugador como su padre y no hacer el deporte por un simple hobbie o gusto. Y mientras se sitúa en aquella situación que hasta lo alejó de los estudios por elección propia, aunque luego los terminaría realizando, también se detiene un momento a recordar cómo se fue gestando ese camino de querer ser jugador profesional, desde esos picados que compartía con Juan Brussino.

«Fue dándose todo de forma natural. Nací con una pelota y en mi casa picaba todo el día una pelota. Tengo años y años de jugar con Juani Brussino uno contra uno en el garage de mi casa, acá en Cañada, en la guía del portón, entre pared y pared donde se hace un huequito. Si no teníamos un aro ese era nuestro aro improvisado. Se armaban esos uno contra uno picantes, y estábamos prácticamente todo el día jugando al básquet dentro de mi casa. Fue muy natural todo».

«Mis viejos nunca me metieron presiones ni nada de eso. De hecho fue al revés, siempre me decían que tenía que estudiar, que el básquet iba a la par pero que primero tenía que estudiar. Un día, ya más de grande, me retobé como pendejo estúpido y les dije a mis viejos que quería ser basquetbolista. Recuerdo que mis viejos se calentaron porque les dije que quería dejar la escuela, pero, aunque les costó me metí igual a entrenar y entrenar. Al final pude lograr tener una carrera basquetbolística profesional y también pude lograr terminar el colegio, tener un título, una diplomatura que estudié online y ahora de hecho estoy por arrancar otra. La verdad es que no me arrepiento de haberlo hecho, estoy contento con las elecciones que hice. Fue todo muy natural, siempre me gustó. De pibito hacía fútbol y tenis a la par del básquet, los tres deportes juntos, pero el básquet siempre estuvo firme ahí. Nunca me incliné más por otro deporte. Me llevó más toda la pasión que siento y el amor por el deporte. Prácticamente nací mirando básquet, mamé eso toda la vida, entonces se iba a dar así naturalmente».

Quien no lo recuerda tan bien, al menos en ese momento y por algunos temores hasta habituales de un padre, es Rubén. El Caña confiesa que no era mucho de su agrado que Sebastián emprendiera esa vida un tanto de trotamundos, pero por sobre todas las cosas prioriza la felicidad de sus hijos y ciertamente esta decisión la tenía que apoyar. Viendo un poco del camino recorrido hoy por su hijo, y hasta haciendo un paréntesis de la reciente experiencia del Cañita por el Thor Thorl de Islandia, Rubén remarca y valora el trabajo de Sebastián por llegar hasta este punto en su carrera.

«Un día, a los 16 años aproximadamente, me dijo que quería ser profesional, que quería dedicarse de lleno al básquet… ¿Qué le voy a decir? Ya estaba encaminado, era lo que había mamado de chiquito, le gustaba y para mí tenía y tiene muchísimas condiciones. Ese momento sinceramente no lo viví tan feliz, porque uno ya habiendo sido jugador sabe que esto no deja de ser un trabajo muy de croto, porque viajás cada 10 meses, hay pocas excepciones de jugadores que están por mucho tiempo en un lugar; formar una familia es difícil y que te sigan a todas partes también, aunque yo tuve la suerte de que me acompañaron siempre. Es algo que uno tiene que vivir. Quizá para mí era mejor un estudio o ser profesional, y que viva esto como un hobbie. Pero Seba realmente quería jugar a esto y afortunadamente se le dio».

«Ahora este último año le tocó irse a Islandia, lo vimos desde lejos pero lo pudimos seguir. El tren pasa una vez en la vida y lo tiene que aprovechar. De última es una experiencia de vida, aparte para todo ese tipo de cosas tiene el apoyo mío total, a morir. Hace lo mismo que hice yo, así que obviamente que lo voy a entender y a acompañar en todas. Es un poco ser un aventurero, porque estás 10 meses en cada lado, tenés muchas alegrías y muchas amarguras, son parte del deporte o del trabajo de uno, gajes del oficio. Tiene condiciones para llegar lejos y ahora que está de regreso en Argentina ojalá se le abra una puerta para jugar acá. Es un jugador distinto».

SIEMPRE UNIDOS EN LA RELACIÓN

Más allá de que cierto destino le puso una prueba delante cuando la familia se separó por cosas del destino, Rubén y Sebastián sostienen desde siempre una relación muy cercana donde comparten momentos muy cálidos e inolvidables para ambos. No faltan los constantes llamados, esa preocupación mutua a cada momento y esa relación tan cercana que los une muchísimo más allá de los kilómetros que a veces los puedan separar. Cuando existe un amor entre padre e hijo como este que presenciamos, las distancias no existen ni importan, y así lo explica el Caña.

«Independientemente de las cosas y las vueltas de la vida, yo fui muy siempre muy presente como padre. Siempre estuve al lado, charlábamos, y hasta 5 veces al día, desde que me fui hasta el día de hoy. La verdad es que siempre tenemos un vínculo muy lindo, hermoso, muy aferrados el uno al otro. Siempre, durante muchos años, excepto este último año en Islandia que igual también me mandaba mensajito, en todos los años que lleva jugando, siempre siempre me llamó antes de entrar a la cancha. Siempre antes de un partido me llama. Hasta ha tenido algún problema en algún club porque lo retaban, le preguntaban por qué antes de entrar a la cancha necesitaba llamarlo a su viejo. ‘Vení a jugar’ le decían (risas)».

Seba también le fue buscando la vuelta para estar conectado con su papá en todo momento, siempre. Incluso las charlas con algunos consejos de básquet, que en el caso del Cañita siempre tomó como gran referencia la voz de Rubén por todo el recorrido que hizo justamente su padre dentro de esta carrera. Todo, desde esos llamados diarios hasta compartir entrenamientos cuando se juntan.

«Por ahí es algo pendiente que tengo porque mis viejos se separaron de muy chico, entonces mi papá estaba lejos y nunca pude tener ese mano a mano diario que vayamos a entrenar juntos y que esté corrigiéndome cosas. Algo que me hubiese encantado. Entonces por ahí lo trataba de hacer cuando podía, cuando me iba a visitarlo o ahora ya de grande cuando lo voy a visitar le digo que vayamos a tirar un rato. Me alcanza la pelota, o quizá me da algunos dribbles».

«Por teléfono siempre, siempre en contacto. Me daba consejos, miraba mis partidos y me decía ‘fijate que esto hiciste mal’ o ‘esto bien’, ‘capaz que tenés pulir un poquito más esto’ o ‘esto te salió bárbaro’ o ‘con esto me sorprendiste’. Siempre me tiraba algún tip de esos pero nunca fue de meterse tanto en las cuestiones por ahí de los clubes o entrenadores. De hecho estando en inferiores cuando venía a visitarme acá y me venía a ver a los partidos, estaba en la tribuna y no decía nada, se quedaba callado, cuando todos podemos conocer padres que hasta van a hablar con los técnicos para ver por qué jugó poco su hijo o esas cosas. Mi viejo no, nada de eso, no decía nada en la cancha, cero, respetuoso de todo. Después obviamente íbamos a casa y charlábamos quizá, pero siempre aconsejándome, nada más».

«Las decisiones que tomé siempre las consulté con él, porque considero que sabe más que por el hecho de que ya vivió todo lo que estoy viviendo y me toca por vivir. E incluso lo que no lo vivió lo puedo consultar, porque conoce del paño. Obviamente que cada decisión que tomo y que tengo el poder de tomar, seguro que es consultada con él. Incluso quizá hubo alguna que otra decisión en la que tuvimos coincidencia pero de todas formas le hice caso, entonces como que me da esa confianza, por ser mi viejo claro pero porque también conoce del ambiente. Aparte siendo mi viejo sé que es alguien que nunca me va a aconsejar en contra o que puede ser perjudicial para mí. Mi viejo quiere lo mejor para mí entonces la mayoría de las veces casi siempre coincidimos».

RESPETO MUTUO Y UN MINI MUSEO EN CASA

Cuando es consultado por esa admiración y esa imagen a seguir que tiene su hijo sobre él, Rubén está convencido de que todavía no se ha podido explotar la mejor versión de Sebastián. Las lesiones de los últimos años han sido obstáculos, contratiempos, sin embargo la feliz vuelta a las canchas y el haberse mostrado absolutamente recuperado en la última expedición por Europa, abren una puerta para que finalmente todos esos reveses queden atrás y se pueda ver a ese gran jugador que todos sabemos que es en su máximo esplendor.

«Es un jugador distinto. Seba es más que yo, que se quede tranquilo que ya es mucho más que yo. Hasta ahora le faltó el factor suerte que necesitan todos, porque en su mejor momento se lesiona, vuelve y se lesiona de nuevo… son cosas que están dentro del deporte, con lo que convivís permanentemente en esta carrera. Hablábamos de que iba a lograr su meta escalón por escalón dentro de la cancha, quería ganar, ascender jugando, y se le dio. Hasta ahora le faltó un equipo que se acomode a su estilo de juego, porque tiene un juego muy vistoso y lindo pero que no es fácil dentro de su puesto porque ahí hacen jugar mucho a los americanos».

«Seba no resiste jugar de 1, es más un 2, porque le gusta tirar, penetrar, generar juego. En Hispano lo logró y le fue bárbaro tanto al equipo como a él, fue una pieza fundamental en el ascenso del equipo. Hoy por hoy hay muchas posibilidades, Seba tenía que volver a jugar y demostrar que está bien, y gracias a Dios le tocó hacerlo, lejos pero con la tecnología lo pudimos ver y está para volver a la altura de cualquiera obviamente. Aparte tiene un plus, y es que es muy responsable, muy profesional, trabaja mucho su cuerpo… pensá que antiguamente nosotros al cuerpo lo trabajábamos comiendo un asado (risas)».

Sobran palabras para definir lo que Sebastián siente por su padre. Es esa imagen a seguir, que trasciende la parte deportiva, que mucho más allá, que incluye a la calidad humana que tiene Rubén. Es simplemente su ídolo, y eso se hace sentir en cada palabra que expresa a continuación, porque detrás de cada gran deportista es prácticamente excluyente que exista una gran persona para poder trascender. Y Cañita es mucho más que consciente sobre eso.

«Como jugador profesional viajo por todo el país jugando, entrenando, conociendo gente, allegada y del básquet de toda la vida. Y siempre estoy escuchando comentarios de todo tipo hablando maravillas de mi viejo. Pueden decir que como jugador fue un fenómeno o un crack, pero como persona también lo dicen. Todo el mundo que me cruzo y que conoce a mi viejo me piden que le mande un saludo, un abrazo, y eso hace que uno se sienta orgulloso porque eso es lo que vale, hablan de la persona que fue y es mi viejo, esa imagen que dejó en los demás».

«Lo único que me generaba cuando se me acercaban a hablar de mi viejo era orgullo y alegría. Orgullo de pensar ‘¡Qué fenómeno mi viejo!’, me hacía dar cuenta que no solamente yo pensaba y pienso que es un fenómeno, eso me llenaba por dentro. Y hasta me motivaba, y me ponía un poco de presión, obviamente que sé desde el primer día que mi sueño es llegar a ser la mitad de lo que fue mi viejo, porque lo tengo allá arriba y no llego ni a atarle los cordones a mi papá. Por todo lo que logró y lo que era como jugador, cuando quizá ni siquiera había conocimiento del básquet, porque hoy en día tenés información y todo tipo de formas de entrenar y mejorar a las que podés acceder, pero en ese momento no había casi nada. Por eso mi viejo está a niveles superiores. Pero la verdad es que nunca fue una presión, nunca fue algo que me juegue en contra y me diga que tuviese que superarlo, al contrario, era motivación, algo que me llenaba por dentro».

Tanta admiración y respeto existe entre ambos que Sebastián explica estar armándose una especie de mural o mini museo con todas las reliquias históricas que tiene de su padre Rubén. A los VHS se le suman en perfecto estado una nutrida variedad de fotos en cuadros y hasta camisetas de los varios equipos por los que pasó. Este cálido homenaje a papá lo está montando Seba en su casa de Cañada de Gómez.

«Es un poco de mi pieza, de mi casa de acá en Cañada donde estoy con mi vieja. Ya hace bastante tengo varios cuadros de mi viejo colgados y ahora quería sumarles las remeras, camisetas y demás cosas de él en una pared, como si fuera una especie de galería o museo. Obviamente que tengo mucha ropa de mi viejo que la uso porque me gustan las casacas viejas, pero quiero también ponerlas en la pared como un recuerdo suyo. Mi viejo es mi ídolo, y basquetbolísticamente también lo es», explica Cañita, detallando que tiene incluso una camiseta de su papá cuando pasó por preselección argentina, cuando al equipo lo dirigía León.

«No me dejó ninguna camiseta, se las quedó todas él (risas)», agrega Rubén, con esa mezcla tan linda de emociones y con ese sentimiento tan a flor de piel que palpa al ver a su hijo totalmente embelesado por él. Todavía, desde siempre y así se mantendrá, enormemente encantado por el tipo de jugador que fue su padre, ese ídolo eterno.

DE PADRE A HIJO; DE RUBÉN A SEBASTIÁN

«Seba ya es un hombre. No es más ese chico que todos le decíamos ‘Sebita’, hoy ya es Seba, un hombre, y formará su familia en algún momento. Lo que siempre hablamos es que detrás de un gran deportista tiene que haber una gran persona. Para mí ser una gran persona te abre muchos caminos, pasos y puertas, y lo que te va a dejar el deporte el día de mañana lo vas a conseguir siendo una gran persona. Eso siempre lo hemos recalcado. Y la verdad es que en cada lugar donde ha estado mi hijo me han hablado muy bien de él, maravillas, y eso me genera mucho orgullo y de satisfacción. La realidad es que es un poco el objetivo que cada padre tiene con sus hijos, que el día de mañana sean buenas personas. Que tenga las puertas abiertas en todos lados como me ha pasado a mí, porque me considero una buena persona, de quienes van de frente».

«Seba tiene muchos valores y muchos sentimientos, por eso también tuvo el apoyo de mucha gente cuando le pasó todo lo que le tocó, y se puso de pie siempre. Es por todo el amor propio que tiene y la gran persona que es. Ha tenido traspiés de los cuales no cualquiera se levanta, y Seba se supo poner de pie con una hombría tremenda. Una te la bancás, dos… bueno… y ya una tercera seguida… no cualquiera se vuelve a levantar. Pero volvió, está más enchufado que nunca y con ganas de volver a su país para demostrar. Esperemos que se le dé. Más allá de eso, estoy muy orgulloso como padre de la persona que es».

«Para ser honesto, cuando veo esa imagen que tiene mi hijo de mí, lloro, me largo a llorar. Es la realidad, me lleno de emoción y no me puedo contener las lágrimas. Me supera. Cada vez que hace un comentario hacia mí, cada vez que dice esas cosas lindas de mí, me supera y me largo a llorar. No tengo palabras».

DE HIJO A PADRE; DE SEBASTIÁN A RUBÉN

«Yo soy todo lo que soy gracias a mi viejo y a mi vieja, no puedo no nombrarla a la vieja. Por ahí desde los 6-7 hasta los 15 por ahí, que más o menos fui más grande pasando la adolescencia, quizá no tuve la infancia que quisiera haber tenido por el hecho de la separación de mis viejos y porque lo tenía lejos físicamente. Obviamente que lo veía una o dos veces por año, o eso de cuando tenía un rato libre me iba. Pero obviamente después entendí más de grande y maduro que en la vida pasan cosas, que tenés que amoldarte a las cosas que pasan y no por eso hay que castigar a nadie. Hay que entenderlo, fue así, pasó así, y hoy es una anécdota. Lo hemos hablado por ahí en algún momento, pero es parte del pasado».

«Sé que con mi viejo conté y voy a contar siempre, por más que estemos a la distancia que sea. Sé que levanto el teléfono y cualquier problema que tenga, yo o él, sabemos que el otro está. Y si se tiene que venir viajando o yo me tengo que ir allá ahora porque le pasó algo, agarro el auto y me voy… no me importa si está en Hong Kong, Alemania, o acá al lado, siempre voy a estar para mi viejo. Eso no va a cambiar jamás».

«Cuando uno es buena gente pasan esas cosas, y eso sin dudas también me llena de orgullo. Espero que a mi hijo, el día que tenga uno, le pase lo mismo conmigo. Donde voy intento llevarme bien con todo el mundo, seguramente no debe existir persona que se lleve mal conmigo (risas), tengo amigos por todas partes, y cuando uno es buena gente también se transmite. Espero poder dejar ese legado, de que mi hijo el día de mañana salga caminando y le digan ‘¡Qué fenómeno era tu viejo!’, pero como persona, de la misma que me enorgullezco yo de mi viejo. Eso llena mucho por dentro».

 

 

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